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Infancia

Rocío Segura Rodríguez
Veterinaria
Miembro de la Fundación de Amigos del Museo del Prado

Cuando abrieron la sala de las pinturas del siglo XIX español un maravilloso mundo se reveló ante mis ojos y, como una niña que descubre las maravillas que encierra este mundo, mi corazón se llenó de alegría, de ilusión, en definitiva, de felicidad.

Y no creáis que exagero, nada más lejos de la realidad. Pasear por las salas del XIX es una de las mejores experiencias que he tenido en mi querido museo. Pero hay un cuadro, uno en concreto, que llega a mi corazón de una manera muy especial.

Ante este cuadro me asombro, me sobrecojo, disfruto, río, busco, encuentro y vuelvo a buscar. Tal vez penséis que es un cuadro de esos que se llaman magníficos ya sea por su carga simbólica, o por su técnica elaborada, o por la gama cromática que ha empleado el pintor al realizarlo. ¡Qué va! Es magnífico por su tremenda sencillez.

Sí, es un cuadro sencillo, como sencilla es la escena que representa, su técnica no es laboriosa, pero sí perfecta, su gama cromática no es recargada, pero sí lleno de color, su tamaño es pequeño… en definitiva, es exactamente lo que representa.

Cuando lo veo pienso en un poema maravilloso que dice en uno de sus versos:

“Lo dejo suelto y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas.
Lo llamo dulcemente: “¡Platero!”, y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe en no sé qué cascabeleo ideal.
Come cuanto le doy. Le gustan naranjas, mandarinas, las uvas moscateles, todas de ámbar, los higos morados, con su cristalina gotita de miel.
Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña.”

Sí, este cuadro es maravilloso por eso, porque su escena me acaricia, me atrae hacia él en un juego infantil de trotes ligeros y alegres, en el que sus niños y yo jugamos con la feliz certeza de que nada malo puede pasar. Es realmente, al igual que Platero, una imagen tierna y mimosa, como los niños que con los que nos encontramos en él.

Porque sí, a través de este cuadro vuelvo a mi infancia, no añorada pero sí tiernamente recordada y vivida; y al regresar a ella, con mis dos amigos de la mano, mi vida se llena nuevamente de sonrisas, de juegos, de aventuras, de sueños de infancia, tan grandilocuentes, tan fantásticos, que tal vez por eso se transforman en tan posibles.

Y juego ahora con todos vosotros a ese juego que seguro que más de una vez jugasteis. Sí, el juego del veo-veo. Y sé que no puedo pediros que adivinéis, pero sí que a través de estas pistas podáis llegar, cuando vayáis al museo, a encontrarlo y jugar en él.
Y ahora, como una niña que quiere hacerse mayor, voy a investigar un poco lo que dicen de él en la guía del museo. Y leo con atención…

“Fortuny retrató a sus hijos en numerosas ocasiones a lo largo de toda su vida, otorgando siempre a estas composiciones un ambiente tranquilo, pleno de candidez y felicidad, como es el caso de este retrato de María Luisa y Mariano, en un salón japonés.

La exhuberancia de la vegetación de la parte izquierda y los elementos de decoración casi oníricos, recuerdan al mundo de fantasías infantil.” (Galería online Museo del Prado)

 

Realmente Fortuny fue un genio, porque sólo un genio es capaz de trasmitir la belleza de las cosas de una manera tan sencilla, tan suave.

Me encanta este cuadro, me vuelve entusiasma.  Al principio, quería saber lo que leía María Luisa, con qué jugaba Mariano… Ahora voy a la Sala 62 con mis libros y con mis juegos, y durante un unos minutos que duran horas, y unas horas que duran minutos, disfruto con ellos en un mundo de sueños.


Enlace a la obra:
http://www.museodelprado.es/colección/galeria-on-line/galeria-on-line/zoom/1/obra/los-hijos-del-pintor-maria-luisa-y-mariano-en-el-salon-japones/oimg/0/
 

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