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El Museo del Prado. Otro punto de vista

Rocío Segura Rodríguez
Amiga del Museo del Prado
Licenciada en Veterinaria

 

 

Poder hablar del Museo del Prado es un auténtico placer. En él me siento como en mi propia casa. Y no exagero, aunque con ello no quiero decir que me lo conozca perfectamente, ¡qué va!  Y eso me gusta, ya que el Museo es un enorme ser que va cambiando poco a poco. Se incorporan exposiciones, algunos cuadros se ceden, otros cambian de lugar, otros se llevan a restaurar, aparecen nuevas salas, se amplía…  En definitiva el Museo del Prado es un ser vivo que encierra en su interior una de las colecciones de arte más importantes del mundo.

Pero hablar del museo del Prado no es sólo hablar de sus cuadros, sus esculturas, sus tesoros. Hablar del museo del Prado es también hablar de su historia, de sus edificios, de su ubicación. Porque es algo más que un edificio lleno de cuadros, es más mucho más.

Es curioso el primer destino de este museo. Para ello sólo debemos pensar en su ubicación, junto a la Cañada Real, próximo al Jardín Botánico, frente al los Reales Jardines del Retiro. El Edificio Villanueva (Juan de Villanueva), que es así como se conoce y más ahora desde que se ha hecho la ampliación de los Jerónimos (de la mano del arquitecto Moneo), fue construido bajo el reinado de Carlos III como Gabinete de Historia Natural, incorporándose dentro de una serie de instituciones de carácter científico, como es el Jardín Botánico (también construido por Villanueva), de acuerdo con la mentalidad de la Ilustración.

Su construcción fue larga, tanto como los reinados de Carlos III y Carlos IV, finalizando la misma a principios del siglo XIX. La guerra de la independencia que, como todas las guerras, poco construyen y es mucho lo que destruyen, la condujo casi hasta la ruina total; baste como ejemplo decir que sirvió de cuartel de caballería y que las planchas de plomo de sus tejados fueron fundidas para la fabricación de balas.

Tuvo que pasar el tiempo, firmarse la primera Constitución Española, La Pepa, invitar a Fernando VII a volver España como el rey “Deseado”, derogar la Pepa e instaurar un régimen monárquico para que alguien volviera a poner los ojos en este edificio, en este caso el ya mencionado Fernando VII.

Fue el interés de una mujer, la reina Isabel de Braganza, segunda esposa de Fernando VII, el que alentó la recuperación de este edificio:  “La intervención de esta reina en la empresa del Museo es indudable, como lo atestigua el retrato pintado por Bernardo López, en el que la reina aparece ante unos planos y señalando al fondo el edificio que en definitiva sería la sede de la regia fundación” (Lorente, Manuel. Museos y Monumentos: Prado. Vol I. Editorial Salvat 1964).

La vida quiso que esta mujer falleciera meses antes de su inauguración, que tuvo lugar el 19 de noviembre de 1819 bajo el nombre de Museo Real de Pinturas. Si bien en honor a su empeño y trabajo la Sala 12 de Velázquez, el Salón Ovalado, fue bautizado con su nombre, Sala Isabel de Braganza.

Repasar la historia de este edificio confirma aquello que dije al principio. Estamos ante un ser vivo que nació por el deseo de un monarca, en cuya existencia se depositaron ilusiones, y que fue creciendo poco a poco. Sufrió y enfermó. Y finalmente, como todos nosotros, escogió o, mejor dicho, escogieron un camino distinto a aquel que en un principio había sido soñado, transformándose en el ser adulto que es: el Museo del Prado.

Este edificio guarda cientos de piezas de arte procedentes en un principio de las colecciones reales a las que se han ido incorporando piezas adquiridas en el mercado del arte. No todo lo que posee está expuesto; gran parte se almacena en sus archivos, pero nadie puede negar  que lo que en él se expone es sublime.

Sus obras de arte son en su mayoría pictóricas, pero no exclusivamente. Alberga una colección de escultura con piezas de gran valor entre las que destaca, por la curiosidad que despierta, el Hermafrodita. También se expone en él el Famoso Tesoro del Delfín y multitud de mesas bellamente diseñadas.

Todo ello hace que el Museo tenga más de una visita. En el fondo tiene muchas, muchísimas. Cuando entras, los ojos son incapaces de apreciar todo lo que hay en él, miran pero aún no ven. Necesitas tiempo y humildad para reconocer que hay que ir descubriéndolo y disfrutándolo poco a poco, como a un amante.

Sí, el Museo tiene mil visitas según lo que queramos ver. Podemos dedicar un día a Velázquez, otro a Goya, tal vez hacer el recorrido de cuadros de temática mitológica, puede que seguir la selección de “Las obras Maestras del Museo” de Google Earth, investigar sobre dermatología en sus cuadros, o adentrarnos en las salas nuevas del XIX.

Ahora, cuando leo lo que acabo de escribir, compruebo que he dicho mal, me he quedado corta. El Museo del Prado tiene infinitos recorridos, tantos como visitantes acuden a él, tantos como cada una de las visitas que realicemos.

Aunque este Museo tiene un defecto, o tal vez sea una virtud. Guarda tantas maravillas, algunas tan gloriosas, que muchas otras pasan a un segundo plano, cuando no se ignoran totalmente.

Como ejemplo pongamos los dos maravillosos cuadros de la genial pintora del XVI, Sofonisba Anguissola (Cremona 1532-Palermo, 1625): “Isabel de Valois sosteniendo un retrato de Felipe II” y el archifamoso retrato de Felipe II que todos hemos visto pero del que pocos saben cuál fue su autor*.

Reconocida en su época por reyes y llegando a ser pintora de la Corte de Felipe II, como lo fue Velázquez con Felipe IV, Sofonisba ha sido prácticamente olvidada en la actualidad. Además de pintora de corte, fue dama de compañía de la reina Isabel de Valois, a la que tan bellamente retrató, y fuente de inspiración del genial Van Eyck quien la dibujó “en su cuaderno de viaje y anotando una edad de noventa y seis años que no la impedía conservar un genio sutil y ser capaz de discutir todavía sobre la pintura” (Enciclopedia online del Museo del Prado).

Fue una mujer importante, una mujer creativa, una mujer que no jugó “un trapo” en la Historia del Arte, utilizando la expresión de Mafalda cuando se  lamenta del papel que han jugado las mujeres en la historia. Al contrario, Sofonisba jugó un “Lienzo” que nos permite conocer y reconocer a otros hombres y mujeres de la historia de la humanidad.

Adentraos en este maravilloso lugar y buscad los cuadros que rodean a los grandes. Os aseguro que tendréis una de las mejores experiencias de la vida… Y no exagero.

Diciembre 2009

 

* Enlaces a los dos cuadros en la página web del Museo del Prado. En la parte inferior de la imagen aparece el comando zoom que permite ver con detalle la obra:
http://www.museodelprado.es/coleccion/galeria-on-line/galeria-on-line/zoom/2/obra/isabel-de-valois-tercera-esposa-de-felipe-ii/oimg/0/

http://www.museodelprado.es/coleccion/galeria-on-line/galeria-on-line/zoom/2/obra/felipe-ii-3/oimg/0/

 
 

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