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Juana la Loca: El frío de la incomprensión.


 

 

 

Rocío Segura Rodríguez
Amiga del Museo del Prado
Licenciada en Veterinaria

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  Rocío Segura paseando por Barcelona


Camino por la primera planta del Museo, mi querido Museo, y un frío inmenso congela mis huesos, atenaza mis miembros. Sé que me estoy acercando, el olor a humo de leña ardiendo llega hasta mi recordándome que hoy, de nuevo, formaré parte del séquito fúnebre de Felipe el Hermoso.

“Una vez más, la Corte se ha echado a los caminos. Abril oscila entra la lluvia y el sol.

(…) Hasta donde alcanza la vista se extiende una desolada campiña, el viento barre la tierra rojiza, sacude los matorrales de retama, jaras y espliego, se pierde por el horizonte donde se redondean las crestas de las montañas” (Catherine Hermary-Vieille; Loca de Amor)

Ya he llegado, me siento junto a la macabra e incrédula comitiva. Abrocho bien mi chaqueta y guardo mis manos en los bolsillos. Hace frío, mucho frío…

Estamos atónitos, algunos desesperados, otros, quizá, hastiados. ¡Qué absurda situación! ¡Qué peregrinar loco! El muerto está muy muerto y la viuda, también ha muerto en vida.

Porque Juana, la alegre y vital Juana se ha perdido en el mundo de los espíritus, se ha ido con aquel a quien tanto amaba. Y mira su féretro, y recuerda otros momentos, algo más alegres, aunque nunca totalmente felices porque él, el más Hermoso de los hombres siempre le fue infiel. Mientras que ella le amó tanto que no quiso ni que la muerte los separara.

Entre los miembros del cortejo se escuchan murmullos, el sacerdote recita responsos, los hombres están inquietos, “nubes, presagio de lluvias”, las mujeres ya no pueden más, “realmente esta mujer está loca, nos va a matar a todos”. Otras, ya resignadas dormitan.

Y por encima de ellos, de negro azabache, como es ahora el color de su corazón, Juana, la Hija de Isabel y Fernando, madre y abuela de reyes, rebelde y sublevada. Y finalmente Loca.

Rebelde ante la muerte, sublevada ante la inevitable separación. Su corazón se resiste y mira el ataúd con una mirada perdida, que no pertenece a este mundo. La mirada ausente del resto de los que la acompañan, cercana a aquel que yace.

Francisco Pradilla fue un genio, porque este cuadro, esta escena, no se contempla, es imposible, se vive y se revive.

De alguna manera él estuvo allí. Conoció a cada uno de los que retrató en el cuadro, supo de sus sentimientos, de sus opiniones. Y las plasmó con tal realidad que en la sala 61 el cuadro sale del lienzo y los que absortos lo vemos, nos encontramos misteriosamente formando parte de la locura de “Doña Juana”, mirándola sin comprender.

“A lo largo del camino, algunos campesinos retrasados contemplan pasar a su reina, que no ve a nadie. (…), se imagina acostada junto a Felipe muerto y el pensamiento le proporcionas una dulce sensación de reposo.” (Catherine Hermary-Vieille; Loca de Amor)
 
Doña Juana, la reina loca, madre de Carlos V, rey de España y de Alemania que en todos sus escritos firmaba con las siguientes palabras:

“Don Carlos, por la divina clemencia, emperador ‘semper’ augusto, rey de Alemania y Doña Juana, su madre y él mismo por la divina gracia, Rey de Castilla, de León, de Aragón (…)”

Abril de 2010

 

Enlace al cuadro:

http://www.museodelprado.es/coleccion/galeria-on-line/galeria-on-line/zoom/2/obra/dona-juana-la-loca/oimg/0/

 

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