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Stabat mater: cuatro mujeres

Rocío Segura Rodríguez
Amiga del Museo del Prado
Licenciada en Veterinaria

Su cuerpo dejará, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado.

Quevedo.

Hoy, tras darle muchas vueltas, muchas más de las que os podéis imaginar, perdonadme si os tuteo, he decidido contemplar el magnífico cuadro de Van der Weyden, pero no en silencio, lo que tal vez habría sido lo más apropiado por lo que en él se representa, ¡no, que va! De fondo tengo una música, el Stabat Mater de Pergolesi cantado por las magníficas Berganza, Freni y Gracis.

Si, ya sé que en este tiempo no es lo más adecuado, la Semana Santa se ha pasado, estamos en tiempo de Pascua de Resurrección, pero… Siempre hay un pero, ¡qué más da!

Este cuadro, ¡este maravilloso cuadro vibra como la música, y estalla en mil colores como la luz! ¿Muerte? Tal vez la vida en su locura: la muerte.

Cuatro mujeres un único dolor. Silencio y grito. Aceptación y lucha. Razón y locura. Escepticismo y fe.

La madre caída, pálida, abandonada al sufrimiento conocido. La seguidora junto a los óleos, queriendo revivir aquel momento en que, estando Él en vida, ungió sus pies, le obsequió con sus cuidados.

Mujeres que cuidaron a un hombre, que le acompañaron, que le vivieron, que le escucharon desde su condición de mujer, que no es humilde ni entregada. No, que es generosa, que se alegra en la felicidad de aquel a quien quieren y que sufre ante el dolor de no poder seguir ofreciendo aquello que poseen a aquel a quien entregan su amor.

No, no penséis en amores carnales que en el fondo son leves y breves. Pensar en amores sin género, de personas, de esos que no miran el qué, que sólo son capaces de mirar al quien en su totalidad, en su maravillosa totalidad, con sus sombras y sus magníficas luces, como las luces de este cuadro.

Por eso tanto sufrimiento, tanta incomprensión ante lo absurdo, tanto humilde respeto.

Mirad el cuadro, fijaos.

Los personajes son muchos pero sobre todos ellos, ¡sí sobre todos ellos!, están ellas, la máxima expresión del llanto, de la aceptación de lo inevitable, del amor. No en vano dicen que la primera Discípula fue la Magdalena, en el lado derecho con blusa roja, color que representa su supuesta condición, prostituta. Y sí fue a ella a la que en primer lugar, según la tradición cristiana, se apareció el Resucitado y la que dio la buena noticia a sus compañeros varones que se escondían temerosos en el tabernáculo.

Y al fondo una soprano y una mezzo. Sobriedad y alegría. Esperanza.

Porque nada acaba, todo comienza.

Y con la mujer: La vida

Porque cuando se ama, y se hace de verdad no hay fin y en el fondo del paisaje de nuestras vidas un inmenso pan de oro lo ilumina todo.

Y en la ausencia, en la desoladora ausencia, en la que te haces consciente que nunca más lo verás, lo sentirás, compruebas que la vida continua y que en ella todo lo que se vivió arde como un hermoso faro que ilumina tu rumbo.

Id a ver este cuadro. Quizá la primera impresión no os diga nada. Puede que quedéis anonadadas con su luz: ¡La muerte no puede ser tan luminosa!…

Y no, no tenéis que ser creyentes, mirarlo con ojos de personas.

Poneros en la situación de aquella que enjuga sus lágrimas impotente ante el dolor de la madre y del suyo propio.

Sujetad el cuerpo desfallecido de quien creyó, sin juzgar, sin analizar, compartir su sufrimiento, sereno, solícito, cómplice.

Buscad como ella el cuidado del que desciende de la cruz: un ser humano ante todo.

Por más que lo contemple no me canso y cada uno de los personajes me dice en cada ocasión nuevas cosas.

Nunca se termina de ver, porque cada vez que me pongo frente a él siento que ocupo un lugar diferente.

 

Sala 58. http://www.museodelprado.es/coleccion/galeria-on-line/galeria-on-line/zoom/1/obra/el-descendimiento/oimg/0/

 


 

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