Sguenos en Facebook Sguenos en Youtube Sguenos en Twitter Sguenos en Instagram

El placer de llorar

Aurora Guerra

Publicado en Dermactual; nº 25: 26. Noviembre 2012

Son muchos los tratados de ciencias biomédicas, sociológicas y filosóficas que buscan y encuentran similitudes entre los animales y el hombre. Nos han dicho que nuestras vísceras son muy parecidas a las de los cerdos (Sus scrofa domestica). Que el número de genes del Homo sapiens se aproxima peligrosamente al del Mus musculus, el ratón, al parecer el familiar más cercano al hombre entre los organismos que son modelo en genética. Que la analogía entre el genoma humano y el del chimpancé (Pan troglodytes) es del 98,77%. Que el gusano (Caenorhabditis elegans), la levadura (Saccharomyces cerevisiae), y la mosca (Drosophila melanogaster) son nuestros primos hermanos con los que compartimos proteínas y sendas genéticas.

De acuerdo. Y además puedo asumir que muchas de nuestras cualidades cognitivas y emocionales pueden estar presentes en mayor grado en los animales llamados superiores. Por ejemplo, el chimpancé es capaz de reconocerse en un espejo. Un elefante tiene autoconciencia del fenómeno de la muerte y se acoge al aislamiento para superarlo. Un delfín emite silbidos y sonidos silábicos para llamar a sus compañeros. El cuervo es capaz de fabricar herramientas después de una larga observación de la práctica de sus antecedentes. El perro puede hallar alimentos mediante pistas no lingüísticas. Incluso se podría aceptar que algunos animales “sonríen” con alegría o “lloran” con pena o dolor, con los medios que la naturaleza les ha conferido: moviendo el rabo, dando saltos, gimiendo, arrastrándose…

Pero ninguno de ellos, ninguno conoce el placer de llorar.

El placer de llorar, de ensanchar el corazón cuando la emoción es tan intensa que no cabe en el pecho. Cuando vemos la ventura ajena. Cuando nos conmueve el heroísmo, la dedicación de los santos. Cuando encontramos algo perdido. Cuando ganamos un premio. Cuando somos muy felices. Cuando oímos música con los párpados entornados. Cuando nos dan por fin el abrazo soñado…
Si hacemos memoria, todos tenemos alguna lágrima cercana, humedeciendo todavía nuestra mejilla. ¿O acaso no hemos llorado muchos con las medallas olímpicas de nuestros favoritos? ¿O con la canción de nuestro ídolo? ¿O con el regalo inesperado y tierno? ¿O con la graduación de un hijo? ¿O con las primeras palabras de un bebe?

Llorar de placer voluntariamente también es a veces un ejercicio de salud. Como el correr, hacer dieta o practicar yoga. Es permitirse esa suave caricia de nostalgia que, como un baño de sales, nos alivia el alma y nos refresca. Solo es preciso recordar, traer al presente una emoción pasada y vivirla de nuevo, intensamente, apasionadamente.

Un placer.

¿No creen?

Pues eso.
 



Alfonso Hombrebueno González-Guerra

Otros datos
Desarrollado:
Tandem Innova
www.tandeminnova.es