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Exceso o capitulación

Aurora Guerra
Publicada en Dermactual. Noviembre 2008; 5:22.

 

El que sufre, tiene memoria.
Cicerón


Hay muchas clases de fiebre. Los diccionarios hablan de destemplanzas de temperatura y de aceleraciones del pulso y la respiración, de ardorosas agitaciones del ánimo en el vértice de la ciclotimia, de vehemencias y desasosiegos morales. La fiebre de la infección, la fiebre del oro, la fiebre del amor, la fiebre literaria, la fiebre de los fanatismos, la fiebre del sábado noche…
Cuando somos poseídos por ese alien inmisericorde, nos transformamos en otros seres que viven otras vidas. Somos entonces, no un ordenado archivo de estratos intelectuales y emocionales, sino una amalgama, una formación en aluvión de excesos y emociones. Pero sea cual sea el artesano que nos modela, el producto final resulta uniforme, tan reconocible como las figuras escultóricas de Juan Muñoz: los ojos brillantes y hundidos, las ojeras en arcos violetas, los pómulos sonrosados, los labios rojos secos y ardientes, las manos de hielo y el corazón desasosegado.
Yo, como tantos otros, he tenido fiebres inquietas, optimistas, ilusionadas hipérboles de mi misma y mis deseos. Sonrío al recordarlas, porque aún en su desmedida, siempre fueron positivas. No renuncio a seguir disfrutando de ellas.
Pero también, como todos, he tenido fiebres patológicas, temperaturas sádicas que me han sometido absolutamente, que me han transformado en un ser indefenso, vulnerable, sin rumbo, sin futuro, rendido en una capitulación sin condiciones. En ese estado, cualquier caricia, cualquier palabra amable, cualquier gota de amor que me salpique, es un remedio mágico, y yo diría, imprescindible. Esa fiebre me ha asaltado hace tan poco, que no necesito recordarla pues veo aún el extremo perfilado de su sombra.
Y por eso, antes de que se me olvide, antes de que vuelva a las otras fiebres, quiero darle las gracias por hacerme mejor persona. Por enseñarme con mi propia experiencia, que cuando un ser humano sufre, una palabra amable puede ser la mejor medicina.
Soy médico y es mi obligación seguir siempre estudiando, avanzando en conocimientos y habilidades. Así que voy a modificar de forma perentoria en mi “librillo de maestrillo” la dosis de cariño y compasión que tenía apuntada, incrementándola en todos los tratamientos de todas las enfermedades reales o imaginarias existentes.
Porque como decía Gabriel García Márquez, el maestro de otras soledades, todo es cuestión de despertar el alma y aprovechar una segunda oportunidad en la tierra.
¿No les parece que deberíamos decir que esta enfermedad mía ha cursado con una “bendita fiebre”?
Yo creo que si.

Pues eso.

Aurora Guerra

 

 

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