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Pero... ¿quien juzga al juez?

 

 Aurora Guerra

 

La máxima demostración de la inteligencia es la bondad.
José Antonio Marina


Hace ahora dos décadas, James Watson, autor junto con Francis Crick del modelo estructural de la molécula de ADN dijo: “Estábamos acostumbrados a pensar que nuestro destino estaba escrito en las estrellas. Ahora sabemos que nuestro destino está escrito en nuestros propios genes”.
Sin embargo, y con toda la audacia –o tal vez temeridad- de la inocencia me atrevo a disentir de la opinión del sabio. ¿Acaso pueden estar dibujados en esa única secuencia de nucleótidos los sueños y los anhelos? Pero no teman. No voy a referirme al libre albedrío y al amor, como alguno está pensando. A contrario sensu y sin que sirva de precedente esta vez voy a olvidarme del intimismo y la emoción y voy a hablar de “los otros”. Aquellos que tocados de la vara divina del entorno y el tejido social, deciden sobre nuestro destino. Aquellos que sientan cátedra u oficio en tribunales universitarios, oposiciones, entrevistas de selección de personal,  jefaturas y concursos de diferentes estirpes: los jueces.
Podría ser – y solo podría- que alguno de ellos, en una de sus muchas actuaciones consuetudinarias, cansado, distraído, o lo que es peor, obnubilado por un irreprimible orgasmo del ego, actuase con ligereza dejándose influir por circunstancias paralelas como el tono  de voz,  la gracia de un apellido, el aspecto físico o la tendencia sexual. Podría ser – y solo podría- que una decisión subjetiva, no meditada, superficial o coaccionada por el resto de los votantes, llevase a dictámenes injustos.
Se que muchos pensarán que están libres de pecado porque no se encuentran en esa categoría de poder. Pero ¿nunca han opinado sobre alguien sin  suficientes elementos de juicio? ¿No han trivializado sobre el carácter, la forma de vestir, los amantes, o la afición la dinero de “los otros” ?
No se puede desestimar nada: el efecto mariposa también es nuestro. Una palabra puede hundir o salvar una vida, puede llevar a la felicidad o a la desgracia, puede ser condena o redención. Pero… ¿quién juzga a los jueces? ¿Nadie? ¿Estamos perdidos entonces?
Todas estas reflexiones no son gratuitas. Inmersa en este momento en un jurado de novela, tengo que leer y leer, lo bueno y lo malo, lo meritorio y lo absurdo, lo sublime y lo indigno. La tentación de valorar con trivialidad las 350 páginas de cada ficción, existe. Pero cuando imagino la ilusión de esos autores, me aplico a la tarea como si de mi propia obra se tratase.   Hago pues hoy de Pepito Grillo mirándome en el espejo y con el firme deseo de que cada instante de mi vida sea un modelo de justicia. Les recomiendo el propósito.
Por si acaso algún día se juzga a los jueces. O simplemente, porque siendo bueno, se es más feliz.
¿No creen?
Pues eso.
 

 

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