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La mujer en la medicina



DR. ÁNGEL RODRÍGUEZ CABEZAS
Especialista en Medicina Interna y Medicina Preventiva y Salud Pública

CUANDO empecé los estudios de medicina en la entonces llamada Universidad Central -bien es cierto que eso ocurría hace ya demasiado tiempo- el alumnado femenino se encontraba en franca minoría pues sólo lo componían cinco bellas condiscípulas. Sin embargo, no éramos ajenos en aquellas fechas a la etapa transicional que estábamos viviendo en cuanto al equilibrio profesional entre los dos sexos. Las desventuras, obstáculos y barreras de todo tipo que la mujer ha tenido que vencer a lo largo de muchos siglos para abandonar su condición de ser infravalorada y lograr casi equipararse al hombre laboralmente han sido enormes y su labor para lograrlo ha resultado también ardua y heroica, pero siempre constante y decidida.

La mujer a lo largo de la historia no sólo ha sido considerada un ser inferior al hombre, sino que además ha sido imaginada en ocasiones como un mal, aunque necesario para perpetuar la especie (crescite et multiplicamini replete). No revelo secreto alguno al admitir ahora que la moral católica tuvo mucho que ver en esta perspectiva de roles, de tal forma que en determinados momentos históricos la situación era tan agraviante que muchas aceptaban sumisas el papel de esposas forzadas, monjas, beatas, pobres de beneficencia o prostitutas.

No es momento de definir detalladamente los impedimentos que a lo largo de los tiempos la mujer ha tenido que ir superando para eliminar tan humillante situación. Simplemente fue revelándose frente a la sociedad donde socialmente el hombre representaba la razón y la cultura y la mujer -si acaso- la emoción y la naturaleza. Dentro de las profesiones prohibidas a la mujer, dos lo estaban necesariamente: la milicia y la medicina. Pero aún éstas fueron inteligentemente escaladas por la mujer. Tanto es así que la primera mujer soldado bien podría ser la 'monja alférez' y las dos primeras mujeres médicos fueron 'hombres' (Agnodice y el doctor Barry -'Las Mujeres en la Medicina'- Grupo Editorial 33).

Hoy, el proceso de feminización laboral en todas las actividades ya ha terminado. Asimilé perfectamente tal circunstancia, sin necesidad de estadísticas, cuando hace varios años vi desfilar por una céntrica calle de nuestra ciudad, en formación castrense, a varias damas legionarias luciendo un discreto moño bajo el gorro cuartelero o chapiri. También lo comprobé en cabeza propia hace años cuando el ritmo de mi corazón se desgobernó durante unas horas y fui atendido por un equipo de excelentes médicas. Gracias.

En cuanto a la medicina, el cambio ha sido radical. Desde aquella mínima representación femenina de mis años de estudiante se ha pasado a una cifra de más del 70 por ciento del alumnado femenino en nuestras Facultades de Medicina. En el censo médico español total la mujer supera ya a los hombres y un dato definitivo: en la pirámide de población de los médicos menores de 30 años el porcentaje de mujeres duplica al de hombres. Estamos, afortunadamente, en manos de ellas (las dos terceras partes de los sobresalientes en las Facultades de Medicina de España en el conjunto de las asignaturas lo acaparan ellas).

Mucho tuvo que ver en este asunto el Conde Romanones, al que quiero ahora rendir homenaje, ya que fue el político que en 1910 eliminó las barreras administrativas que impedían a las mujeres acceder a las universidades en igualdad de condiciones con los hombres. En ese año cursaban estudios universitarios en España 21 mujeres entre 15.000 hombres. Comparar con las cifras que he reseñado más arriba representa un simple pero necesario ejercicio para el objeto que nos ocupa.

Este reparto actual en la carrera médica entre los dos sexos, a favor de ellas, se produce -con lo que el mérito aumenta- a pesar de la penalización que supone la maternidad, teniendo en cuenta sobre todo que la mujer médico no frena su carrera por causa de la maternidad sino que es la maternidad la que frena su carrera.

La limitación del espacio editorial me impide comentar en profundidad aspectos muy interesantes de este proceso de feminización, pero no quisiera dejar de resaltar, de una parte, como hecho positivo, el grado de satisfacción de los enfermos, que en medicina de familia sobre todo, y según el último análisis de resultados, es mayor cuando son atendidos por mujeres. Por otra parte y como hecho negativo, se debe destacar también (es el último eslabón de la cadena de obstáculos que les queda por vencer) la discriminación aún existente cuando se trata de su incorporación a los cargos de poder o de investigación (jefaturas de servicios, catedráticas, etc.). De ahí que ante la imposibilidad de aplicar correctamente en la práctica el significado del vocablo igualdad e igualdad de oportunidades, algunos políticos han recurrido como efecto vicariante torpe al de paridad que supongo procuran compaginar con el de meritocracia, que quizás englobe los de merecimientos o titulaciones y la calificación o rendimiento.

Este desfase numérico entre los puestos de 'menor cualificación' en comparación con los de responsabilidad da lugar y se observa muy bien en la llamada 'gráfica-tijera' que ilustra este artículo y que refleja la pérdida progresiva de mujeres en la carrera docente sobre todo.

El hecho de que existan más mujeres que hombres en el ejercicio de la medicina (fenómeno que puede tener su inicio en las calificaciones de enseñanza secundaria) va a originar repercusiones laborales y sociológicas de importancia, a lo que se sumarán otras variables que incidirán de forma notable sobre el fenómeno, como es la emigración médica, habitualmente masculina, a países de condiciones laborables y económicas de mayor confortabilidad. Está claro que siguiendo esta tendencia las mujeres médicas, que no van a dimitir de sus responsabilidades en la familia, van a preferir trabajar en centros oficiales (hospitales y centros de salud), con lo que cabe preguntarse: ¿quién va a ejercer la medicina privada? O bien ésta se potencia en medios materiales y humanos hasta ponerse a nivel de la sanidad pública o existirá un déficit laboral médico en esta forma de actividad médica complementaria de aquélla y por tanto necesaria mientras persista la complementariedad.

De ahí que el equilibrio de sexos en la profesión médica, ahora a favor de la mujer, puede alterar el ejercicio de la medicina de forma importante. Otras muchas consecuencias pueden derivarse de este desequilibrio que la limitación de espacio no permite exponer. Lo trataré en otra ocasión; mientras tanto, desde los entresijos de esta profesión a la que amo, me alegro de que la feminización sea ya un hecho consumado y, afortunadamente, irremediable.
 

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